Título:
Calle Aristóteles
Autor:
Jesús Ortega
Editorial:
Cuadernos del Vigía
Págs:
152
Precio:
17 €
¿Qué es lo que hace que una calle sea
especial? El tráfico no, desde luego. La suciedad o la falta de ella, lo dudo.
Puede que la belleza de sus casas, o los monumentos significativos que la
adornan. Aunque tampoco creo que todo eso tuviera gran relevancia si en esa
calle en concreto no nos hubiera pasado algo, preferiblemente algo bueno. Lo
mismo pasa con los libros: no se convierten en inolvidables si leyéndolos no
nos pasa algo (también preferiblemente bueno). En fin, amigos, mejor no sigo
por ahí, que seguro que os estoy liando, y seguro que lo que queréis es que os
cuente ya algo de “Calle Aristóteles”, el nuevo libro de relatos de Jesús
Ortega.
“Calle Aristóteles” es un libro
compuesto por un total de diez relatos de extensión variable. La media en
cuestión de páginas es complicada de realizar cuando algunos de ellos son tan
breves como “Los otros espejos” o “Una hora y media” y otros tan largos (pudiendo
clasificarse casi como novelas breves) como “Pájaros”, “El final” y “Último
samurái envolvente”.
Este libro del que hoy hablamos le debe
su nombre a uno de los relatos de la colección, el cuarto en concreto (si
seguimos la lectura en orden), un cuento que deja patente aquello que yo
intentaba explicaros hace un rato, es decir, que una calle puede serlo todo
para nosotros en función de lo que en ella hayamos vivido, mucho más cuando nos
trae recuerdos felices de la juventud.
No será “Calle Aristóteles” el único
relato que nos enfrente a “lo que fue en el pasado” y “lo que es en el
presente”, pues al menos otro de ellos, “El final” (la historia que nos habla
de el ascenso y la bajada tanto de un gran médico como de su hospital) nos
ofrece este contraste; aunque si por algo destacan todos y cada uno de los
cuentos que encontraréis en este libro es por su capacidad de mostrarnos no ya
sólo eso, sino también la diferencia entre “lo que parece” y “lo que en
realidad es”. Así, en “El paseante” el protagonista parece un cobarde, pero en
realidad no lo es, pues en su interior duerme la determinación que le hará
conseguir todo lo que se proponga; mientras que en “Cara de llamarse Antonio”
descubriremos que las ancianas respetables a veces sólo lo son en apariencia.
De familias que aparentan lo que no son, aunque a veces no lo pretendan, van
“Mal de ojo”, “Una hora y media” y “Último samurái envolvente”; cuentos donde
los secretos más íntimos quedarán a la vista del lector para hacernos entender
que ninguna familia es perfecta. De secretos que salen a la luz va también
“Hacer las paces”, un relato en el que, además, queda patente la gran
hipocresía en la que vivimos a veces. Es irónico esto que acabo de contar,
¿verdad? También os resultará irónico lo que nos cuenta “Otros espejos”, o el
descubrir lo fácil que se pueden dar la vuelta las tornas en una pareja con el
pasar de los años y la asunción de roles diferentes.
Especialmente significativo, por su
contenido, me parece el relato “Pájaros”, una historia controvertida (pues de
seguro que siempre habrá alguien con ganas de buscarle tres pies al gato) en la
que queda patente como algunas organizaciones se valen de todo tipo de
artimañas para captar adeptos. Como si de águilas a la caza de pajarillos
indefensos se tratara.
Mucho se puede decir de la literatura de
Jesús Ortega, un autor que en tiempos de experimentación continua por parte de
los escritores de lo breve opta por fórmulas tal vez más tradicionales, menos
arriesgadas. Pero, ¿para qué arriesgar tanto con la técnica cuando la historia
que tienes entre manos (historias, en este caso), pide ser contada de un modo
directo, claro, de forma que lo que brille sea esa historia en sí y no la
parafernalia literaria que la adorne? ¿Para qué inventar actores enrevesadamente
complejos cuando el mundo que nos rodea está repleto de personajes con
historias ricas que merecen la pena ser contadas? ¿Para qué complicarse la vida
en exceso, en definitiva, cuando conseguir que una historia se convierta en
algo inolvidable, por todo lo que nos hace sentir al leerla, se puede hacer
utilizando menos recursos (sin querer decir con esto que se haga de forma
simplista)?
Hay calles inolvidables por lo que en
ellas vivimos, también libros como “Calle Aristóteles” que así te resultarán si
te acercas a ellos y lees con atención las historias cargadas de sentimiento,
mensajes con los que reflexionar y buena literatura que esconden sus páginas.
¿Te atreves a comprobarlo?
Cristina Monteoliva

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