Título: El jefe del gulag. Memorias de Fyodor V. Mochulsky
Autor: Fyodor V. Mochulsky
Traducción: Deborah Kaple y Sandra Chaparro
Editorial: Alianza Editorial
Págs: 328
Precio: 22 €
El jefe del Gulag. Memorias de Fyodor V.
Mochulsky, editado por Alianza Editorial y traducido del ruso y comentado por
Deborah Kaple, es un libro, como poco, único. ¿Por qué? Porque son las memorias
de uno de los hombres que dirigieron los campos de concentración rusos, que al
contrario de los campos nazis, no son tan conocidos.
El GULAG, es un acrónimo que englobaba a la
administración de esos campos y que por defecto se nombran con esas siglas.
Esos campos tuvieron parte importante en las terribles purgas de Stalin que
asesinaron a millares de personas, ellos acogían no solo a las criminales
comunes sino a los criminales políticos, a los que les caían penas de hasta
veinticinco años a causa del famoso artículo 58 del código penal de la URSS
(1934), por realizar “actividades contrarrevolucionarias”, un coladero por donde
entraban todos: profesores, ingenieros, médicos, intelectuales, militares...
todos. Ahí morían como moscas, en las zonas más inhóspitas de la geografía
rusa, Siberia, Kolimá, el círculo polar Ártico. Zonas en las que sobrevivir es
algo atroz, imaginad sin apenas comida, ropa adecuada, jornadas laborales de 12
horas y sin dignidad. Eran los esclavos que Stalin usó para construir obras enormes,
algunas de ellas inútiles, y los que tendieron las líneas del ferrocarril,
extrajeron oro y carbón durante la segunda guerra mundial. Eran las hormigas
que sostenían el peso de la economía soviética. Iban ahí a morir. Pero no es
eso lo que se vendía, obviamente, y aquí entra en juego Fyodor, uno de los
jefes del gulag; él nos lo narra desde su perspectiva: un joven ingeniero al
que, como estaban todos obligados al acabar su carrera, debía trabajar dos años
para el estado, y lo envían al gulag. Él lo tiene como cree que es; campos de
trabajo donde los criminales tienen la oportunidad de corregirse con su trabajo
para reincorporarse a la sociedad, cosa que los soviéticos tienen a gala porque
eso no lo hace el mundo capitalista. Él va de buena fe, creyéndolo. Y nos
cuenta sus peripecias en los distintos campos a los que en dos años, ha de
manejar. Lo narra como quien cuenta sus experiencias en trabajos duros, pero no
más; el clima terrible, sus avatares para lograr esto o aquello, cómo hizo eso
o lo otro, sus jefes superiores..., pero no cuenta lo que vio, el estado de la
gente que tenía a su mando. Lo dice de pasada, que cuando llegó “dormían en el
suelo, sin barracones, al aire libre (con 20 bajo cero)” y que él logró que se
construyeran barracones decentes y mejoras (nada más). Y además cumplir con el
cupo de trabajo estipulado.
Es un contraste brutal con la realidad que existe
en las memorias de los supervivientes del gulag. Su indulgencia a la hora de
enfrentarse a sí mismo por ser uno de los verdugos, es tal que parece que nunca
se la ha planteado, ni se plantea el porqué de todo ese estado de cosas. Cierto
que al final de sus memorias, más como un añadido obligado a toro pasado, y sin
mucho énfasis, todo sea dicho, insinúa que Stalin no lo hizo demasiado bien. Es
revelador.
Deborah Kaple nos comenta esas memorias y nos
sitúa para verlas desde el prisma histórico.
Es un libro que ayuda a comprender el porqué de lo
imposible: cómo pudieron buenas personas tomar parte en esto. Y es extrapolable
a cualquier horror. No hay que irse muy lejos.
Eva Monzón Jerez

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