Título: Las historias gallegas
Autor: Álvaro Cunqueiro
Editorial: Paréntesis Editorial
Págs: 164
Precio: 13€
/ 9’10€ (e-book)
Todos sabemos de lo que hablamos
cuando hablamos de Cunqueiro, pero qué difícil es nombrar su literatura. Cabe
una definición absoluta y excluyente que lo identifica ciertamente con lo
magistral, pero ahí reside el problema: el adjetivo “magistral” resulta en
exceso manido, y además entorna (aunque no cierra) las puertas a un comentario
menos rotundo si bien igual de emocionado sobre su obra. En el breve y
sobresaliente ensayo de Manuel Gregorio González que prologa esta edición de Las
historias gallegas, el autor define la obra de Cunqueiro casi por lo que no
es: no se trata de un autor retardario ni su prosa versa sobre la Galicia
heráldica y pagana de Valle Inclán. Es un autor instalado en los soberanos
ámbitos de la melancolía, pero tan lejos del desafuero romántico como de las
truculencias góticas, o las fantasías ultracósmicas y terribles de Lovecraft.
Leemos, pues, a Cunqueiro; sabemos que muy difícil, acaso imposible, será
encontrar un autor en la literatura española que esgrima con tanta dulzura y
eficacia el lenguaje narrativo (si acaso, su simétrico y diametralmente opuesto
Pla), pero nos sigue quedando como una sensación desazonadora. No es un
tardoromántico, ni un adelantado del realismo mágico, ni un escritor
“fantástico”. Pero, ¿qué es? Puede que literatura en estado natural, emanada
instintivamente a través de una voz que comparte su latido poético (en sentido
amplio, por favor) con el entorno del cual fluye cada imagen y cada sentimiento
acogidos en la prosa con que dicha voz se expresa.
Es la única explicación, creo.
Hay autores que necesitan “crear un ambiente” para hacer verosímil y
sustentable el fondo de su discurso. De la forzada tenebrosidad romántica a la
exuberancia selvática del realismo mágico, conocemos el esfuerzo de notables
escritores por crear mundos evocadores, plenos de imaginación y fabulosas
pasiones, todo lo cual les exige un esfuerzo estilístico notable, además de
cierta argumentación (intratexto o a modo de coda) que “organice” ese gran
concierto barroco ofrecido en cada uno de sus libros. Cunqueiro no necesita
tanta ingeniería. En lo que a imaginación, fábula y mágica humanidad se
refiere, Cunqueiro, “lo lleva puesto”. Por este motivo, se mezclan en la prosa
de Cunqueiro, con toda llaneza y naturalidad, los ámbitos de ultramundo y
sobremundo, los hechos cotidianos más triviales (cargados de sabor y gusto por lo
pequeño), con fenómenos del más allá que transitan apaciblemente, sin
estridencia ninguna, como “dados por hecho”; una parte más de la realidad que
se muestra cuando es preciso y sin que nadie salga espantado, ni siquiera
demasiado sorprendido. Los prodigios en la obra de Cunqueiro suceden casi
siempre en casa, ante testigos que los contemplan con absoluta familiaridad,
como hechos relevantes aunque no estrafalarios de lo cotidiano. Los vivos y los
muertos de Cunqueiro conviven en el mismo mundo (curiosa la querencia de los
muertos por los asuntos y afanes de este lado de la realidad); y como del mismo
mundo son, se tratan cual vecinos bien llevados. No hay controversia, sólo
literatura.
Sobre estas 67 historias
gallegas, las cuales se emitieron a modo de semblanzas en distintas emisoras
gallegas, entre 1981/82, al poco de la muerte de Cunqueiro (o mejor dicho, su
mudanza y despertar de la vida en la aldea ultramundana que tocase, sin resaca
ni remordimientos, con toda sencillez), lo más descriptivo que según mi
entender puede decirse es que se trata de un compendio milagroso de prosas
excepcionales: breves, deliciosas, mimadas, caprichosas, exquisitas... Cada una
de estas historias ofrece una muestra valiosa por lo grande y preciosa por lo
breve de la genialidad de Cunqueiro, desde el joven Agustín de Melon o de
Quines (a lo mejor de Covela o de Rivadavia), que salvó del verdugo “de
miragre”, al Tristán García que conoció a su Isolda en Venta de Baños,
siendo la mujer anciana y churrera, y consumando aquel gran amor en acto
sublime, por un regalo de churros. Contar más sería dislate, o pero aún:
exceso. Hay que leer estas historias gallegas, oportunamente reeditadas por
Paréntesis en una colección (Orfeo), que crece en contenidos y prestigio. Con
autores así, y con editoriales dispuestos a rescatarlos, da gusto.
José Vicente Pascual
P.S.: Que es a modo de fe de
erratas: en la pág.22, línea 13 (fatídico guarismo), falta una coma, después de
“escaparate”; en la pág. 35, línea 10, donde dice “tomillo” debe
decir “tornillo”. De nada.

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