Comenzamos esta
nueva actualización veraniega de La Biblioteca Imaginaria también con una nueva
entrevista: la que vía email tan amable (y extensamente, como enseguida
comprobaréis) nos ha concedido la autora Marian
Torrejón.
Marian es nueva
en esto de las publicaciones, aunque muchos ya sabíamos que llevaba mucho
tiempo escribiendo relatos. Hablamos con ella sobre su primer libro publicado, “Limones dulces” (ya sabéis: la reseña
del libro, tras este artículo), también de otros temas relacionados con su vida
como escritora.
Estoy segura de
que esta entrevista tan cercana os interesará. Así que sin más preámbulos, aquí
os dejo con ella:
¿Cuándo comenzaste a
escribir?
Que yo recuerde, o incluso que conserve en hojas sueltas
arrancadas de viejos cuadernos, mis primeros escritos los hice sobre la edad de
11 años, si bien he de admitir que se trataba de poemas que hoy harían sonrojar,
sin más esfuerzo ni magia, a un busto de alabastro. A los 13 años gané un
concurso de poesía del ayuntamiento de Sagunto y sé que para entonces ya tenía
de mí misma una especie de conciencia de ser, de alguna manera, escritora. Sin
embargo, y aunque esa conciencia ha permanecido de forma constante desde
entonces hasta ahora, nunca me he visto a mí misma dedicada a escribir de un modo profesional -sí escribiendo,
ojo, eso siempre, pero no como medio de ganarme la vida- y eso explica que haya
tardado tanto en ponerme en serio a la tarea, porque primero he tenido que
alcanzar una estabilidad profesional y económica que ha tardado mucho tiempo en
llegar. Una cuestión de prioridades podría decirse. Pero que me haya puesto a
escribir en serio tarde no significa que no escribiera en todos los años
anteriores, desde la adolescencia hasta la madurez, sino que lo he hecho con
cuentagotas, mucho menos de lo que me habría gustado en cada momento, mientras
sacaba la carrera, o mientras trabajaba siendo mi hija muy pequeña a la vez que
preparaba oposiciones. Pero en todo ese tiempo la escritura siempre siguió
estando allí, como algo pendiente, nunca olvidado ni apartado, sino aplazado,
esperando su momento. Incluso en esas circunstancias, aprovechando unos pocos
días de vacaciones o entre oposición y oposición, retomaba de vez en cuando mis
siempre aplazados proyectos literarios y hasta logré con alguno de ellos ganar
algún concurso muy menor, de esos que otorgan los ayuntamientos de los pueblos,
que no obstante su modestia me ayudaron a mantener la ilusión por alcanzar el
momento en el que pudiera dedicarme a escribir, por fin, con tiempo y en condiciones.
He de decir que ahora, tristemente, aunque con la oposición aprobada y mi hija
ya muy crecida, sigo tropezándome con una enorme dificultad para encontrar el
tiempo y las condiciones adecuadas, pero aquí estoy y aquí estaré siempre, desde
luego. Eso seguro.
¿Qué autores te han
influenciado como escritura?
Supongo que sería más elegante mencionar a unos cuantos
escritores consagrados de cuya calidad no tenga ahora dudas, pero lo cierto es
que –como no puede ser de otra forma— me deben de haber influido todos los autores
que he ido leyendo a lo largo de mi vida, desde la Enid Blyton de mi
infancia (o incluso el Escobar de Zipi y Zape, o el Ibáñez de Mortadelo y
Filemón) pasando por todos los que me tragué sin criterio alguno provenientes
de las estanterías de mi casa, nutridas en su mayor parte por los libros que le
vendían a mi padre del Círculo de Lectores: de Graham Green a (sí, también) Torcuato
Luca de Tena, pasando después por los autores que me fueron entusiasmando, como
Flaubert o Patricia Highsmith, hasta los que me gustan hoy en día como Alice
Munro o Lorrie Moore. Unos más y otros menos, me imagino, pero todas las
lecturas que uno a ha ido consumiendo a lo largo de los años tienen que haber dejado
inevitablemente su pequeño poso. Otra cosa es la voluntad que uno ponga en
hacer las cosas de la mejor manera posible, su mejor o peor gusto narrativo, su
tendencia natural o la elección de sus lecturas cuando eso haya sido posible,
pero las influencias en conjunto no creo que sean susceptibles de ser escogidas
por decisión propia, ni tampoco discriminadas o individualizadas fácilmente.
¿Dónde encuentras la
inspiración últimamente?
Lo de inspiración yo nunca lo he sentido así, tal como suele
interpretarse, como algo que viene por su cuenta, que golpea con los nudillos
en tu cráneo, por sorpresa, para pedirte paso. Soy yo la que suele ir en busca
de los temas y no ellos los que se deslizan en mi cerebro sobre el cómodo
vehículo de la inspiración. Normalmente soy yo quien sale de caza por ese totum revolutum que guardamos en el recuerdo,
donde se mezclan las imágenes de lo vivido, lo imaginado, lo leído, lo referido,
lo visto en las películas, lo soñado, todo dando vueltas por ahí sin ningún
orden conocido, y de allí es de donde pesco las ideas iniciales a las que suelo
dar unas cuantas vueltas por ver lo que podrían dar de sí en un desarrollo
posterior, hasta que encuentro alguna que consigue abrirse paso sobre las demás,
a veces de forma muy obvia (¿inspiración?), otras más forzada (¿falta de
ideas?), y esa es la que elijo para trabajar sobre ella. Después tiro todo lo
que puedo del hilo hasta encontrar una historia completa, que puede estar
prevista más o menos de antemano antes de ponerme a escribir o ir
descubriéndola mientras voy escribiendo frase a frase. A veces acierto con esa
idea inicial, que es muy importante, y otras veces no. O a veces la idea es
buena pero en el desarrollo posterior no he sabido sacarle mucha punta. Pero
así es como busco las historias de ficción que he de contar, forzando la
imaginación, un poco al modo en que lo hacen los sueños a su extraño aire pero
de forma dirigida.
Al final, en cualquier caso, y bajo la forma que sea, incluso si
ponemos a hablar a las nubes o inventamos mundos inexistentes, siempre
terminamos hablando de lo mismo, de lo que nos importa, de los temas eternos:
el amor, la vida, la muerte, el paso del tiempo, etc... O cualquier otro
sentimiento humano menos fácil de ser definido o concretado. Si no es así, si
debajo no hay nada que sea de alguna forma universal, da igual el traje con el
que vistamos a nuestras narraciones para acudir a la importante cita con el
lector, igualmente recibirá calabazas.
¿Por qué cuento y no
novela, por ejemplo?
Aunque he llegado tarde al cuento es un género al que me he aficionado
y del que aprecio todas las características que lo identifican: la concisión,
la intensidad, la importancia de lo no dicho, la perfección formal, etc, que lo
hacen un género muy atractivo para mí. Después de descubrir y ahondar en la
lectura y escritura de cuentos para mí la literatura ya no ha sido lo mismo;
ahora le pido, tanto en calidad de lectora como de escritora, todo aquello que
en el cuento constituye una exigencia. De todas formas, y aunque este libro en
concreto es de cuentos, también me encuentro muy a gusto en la novela y espero publicar
la que estoy escribiendo ahora dentro de no demasiado tiempo. Pero supongo que
empecé con cuentos porque el formato es quizás más acorde con la circunstancia
de no poder arrancarle al día más que unas pocas migajas a la hora de abordar
un proyecto narrativo. Por eso en un primer momento me decanté por el relato
corto en el que se encuentra de forma más inmediata la recompensa (o la condena)
de la escritura.
“Limones dulces” es tu
primer libro de cuentos publicado. ¿Cuánto tiempo llevaba este proyecto
forjándose?
Este libro no es un proyecto que yo me planteara desde el
principio como tal, sino que los relatos que forman parte de él han sido
seleccionados a posteriori, de entre los más de treinta cuentos que tenía en
los cajones virtuales de la memoria informática, fruto del trabajo de varios
años en los que estuve dedicada a escribir relato corto. Hace un par de años, y
a pesar de conocer la dificultad enorme que supone publicar una colección de
relatos cuando el nombre del escritor no se conoce ni se tienen padrinos, pensé
que, al menos, tenía que intentarlo, y vivir así en primera persona la
ceremonia casi preceptiva del escritor principiante (hoy quizás llamada a
desaparecer con el libro electrónico y por tanto ya algo romántico en sí
mismo), que ha de sufrir en carne propia el viejo ritual iniciático de ver su
obra repetidamente rechazada por las editoriales. Hoy ya puedo decir que he
superado la prueba, y que después de un año enviando a la brava mi manuscrito a
los buzones de todas las editoriales del país y de haber cosechado una
considerable y muy completa colección de bonitos lamentamoscomunicarles, un buen día de primavera (del que ignoro si
los pajarillos cantaban o hacían gárgaras) una de ellas se interesó por mi
manuscrito y me escribió diciéndome que podrían publicarlo al año siguiente.
Así ha sido, y una vez transcurrido ese tiempo, amarillín amarillado (porque
los limones muy colorados no suelen ser) este libro se ha publicado. Y yo muy
contenta, desde luego.
¿Dónde se pueden encontrar
”Limones dulces” hoy en día?
Una de las dificultades con las que se tropiezan las editoriales
más modestas y por tanto los autores que publicamos en ellas es la distribución
posterior del libro, pero aún así no hay ningún problema para que todo aquel
que tenga la curiosidad o el gusto (muy bueno, por cierto) de leer Limones
dulces encuentre un acceso fácil al libro:
En Madrid se puede encontrar en la librería Tres rosas amarillas
(San Vicente Ferrer, 34); en Valencia está en Bibliocafé (Amadeo de Saboya, 17)
y Librería Primado (avda Primado Reig, 102).
O sea, que el que no tenga Limones
dulces en su casa será porque no quiera tenerlos.
Tu libro está lleno de situaciones
agridulces y de historias que son “las dos caras de la moneda”. ¿Esto es así de
casualidad o ha sido premeditado?
Para empezar el propio título del libro es ya de entrada
completamente agridulce, de modo que no parece muy descabellado que en su interior
haya historias que también lo sean. Aunque a decir la verdad esta coincidencia
es más bien fruto de la casualidad que de otra cosa. En cambio sí ha sido una
cuestión premeditada el querer contar los mismos hechos desde distintos ángulos
en el caso de algunos relatos, como es el de Dos salas o Sesión de terapia,
pero en otros casos, no sé muy bien a cuales otros te refieres ahora, no lo ha
sido. Lo que sí suele ser habitual es que elija narrar o bien desde dos
perspectivas diferentes, como es el caso de los relatos que ya he mencionado, o
bien desde dos momentos diferentes del tiempo, o dos escenarios distintos, que
es algo muy común en mis narraciones. Pero esta es una tendencia que he
observado yo de mí misma a posteriori y que me ha parecido también curiosa. En
el primer caso supongo que responde al deseo de ser aséptica y querer mostrar
las situaciones de forma que sean lo más parecidas posible a como se presentan
en la realidad, en donde nada por simple que sea suele aparecer con una sola
cara, y en el segundo caso se trata sencillamente de una cuestión de
preferencias a la hora de seleccionar la voz y la forma desde las cuales he
querido abordar la narración.
¿Hay algún cuento en este
libro que pueda considerarse autobiográfico?
Rotundamente no. En ninguno de ellos se cuentan cosas que hayan
ocurrido en la realidad, ni tiene ninguno de mis relatos en absoluto la
vocación de levantar acta de hechos acontecidos en la biografía de nadie, ni siquiera
en la mía propia, aunque es muy posible que en algún caso pueda parecerlo,
sobre todo en los que he elegido la primera persona como voz narrativa y cuento
además situaciones que muy bien podrían haberse dado en la realidad. Pero no.
Sí es cierto, en cambio, que para
relatar los hechos que me propongo contar en cada momento suelo echar
mano de lo que tengo a mi alcance, mi propia memoria (aquel lugar donde andaban
vagando a su aire los recuerdos, no solo de lo vivido, sino también de lo
leído, lo imaginado o lo escuchado, a la espera de ser rescatados y tener la
oportunidad de servir para algo) de la que me sirvo a veces para emplear parte
de esas imágenes, generalmente distorsionadas o arregladas para la ocasión,
como ladrillos que me ayudan en la invención de otros hechos ficticios que son
los que pretendo construir. No obstante, todos los relatos recogen, en mayor o
menor medida, algo de mi propia experiencia, no en cuanto a la fidelidad de las
situaciones mostradas con respecto a la realidad, sino en cuanto al sentimiento
que subyace detrás de ellas o que motiva su narración, que sí es algo que he
experimentado de alguna manera, aunque solo haya sido de modo imaginario. En
ese sentido de recoger la experiencia Limones
dulces es probablemente el relato que más carga autobiográfica tiene,
porque aunque nada de lo que se dice haya sucedido en efecto, sí que tomé por
una parte retazos de realidad distorsionada para construirlo, pero sobre todo
porque lo que cuenta en el fondo es algo que yo he vivido. No de esa forma
concreta pero sí de una forma muy parecida. Es un relato que me resulta por eso
especialmente melancólico.
¿Cuál es tu cuento
favorito de este libro y por qué?
Esa pregunta va cambiando con el tiempo. Mis dos hijos
preferidos dentro del libro son El
cuaderno esmeralda y Eso no es nada,
que son los otros dos posibles títulos que estuve barajando. Al final me
decanté por Limones dulces, que es también
uno de mis relatos más mimados, porque ese plural me pareció que daba mejor
juego que los otros para representar un conjunto de relatos.
Si hubiera que elegir uno solo de ellos en este momento quizás te
diría que mi favorito es el relato que cierra el libro, El cuaderno esmeralda. Es el que más me costó en su momento de
sacar adelante al tener una estructura un poco más compleja que los demás, pero
durante mucho tiempo el hijo predilecto fue Eso
no es nada, que ha sido además uno de los relatos más celebrados por los
lectores hasta ahora, para mi maternal orgullo y satisfacción (como diría ese “liopardo”
–a juzgar por cómo las lía últimamente— que se dedica a cazar elefantes). En
ambos casos se trata de relatos narrados de forma fría, aséptica, pero con un
fuerte sentimiento que los impulsa y que es muy reconocible por todos.
¿Qué esperas que
encuentren los lectores en “Limones dulces”?
Espero que encuentren narradas sus propias experiencias, sus
propias vidas. Nada menos. Para eso, a la hora de seleccionar los cuentos que
fueran a formar parte del libro lo hice en base no a un criterio de unidad
temática, a lo cual estuve también tentada, sino que fueran relatos que al
terminar de leerse ofrecieran al lector algo más que lo que cuentan, que
contuvieran una de esas verdades emocionales que todos reconocemos, cada uno
desde su propia experiencia. Y creo que, en algunos casos por lo menos, está
funcionando más o menos así.
¿Qué nuevos proyectos
literarios tienes en marcha?
Hace años que estoy trabajando en una novela. Dicho así parecerá
que va a ser un tocho de esos que se venden a peso, con una estructura
complicadísima y una trama de esas que necesitan un período de documentación
exhaustiva. Nada de eso. Lo que ocurre es que aparte de ser extremadamente
lenta escribiendo cada día puedo detraer menos tiempo para dedicarle a la
escritura y por tanto los proyectos se me eternizan entre manos. Pero no me
importa, ya tengo asumido que no escribiré demasiados libros a lo largo de mi
vida, como no puede ser de otra forma dadas las circunstancias. Lo que sí me
preocupa es que los libros que escriba y que decida publicar merezcan de verdad
la pena. Ya hay demasiados libros en el mundo como para medir el trabajo
literario a peso, mucho más si se trata de juzgar el trabajo propio.
La novela a la que me refiero está ya prácticamente escrita en
cuanto a la materia sobre la que he de trabajar, pero todavía tengo que darle
muchas vueltas, corregir muchísimo y esperar a que me guste lo que leo, y para
eso no sé cuánto tiempo más necesitaré, pero espero que al final pueda darle el
visto bueno y publicarla con cierta seguridad sobre lo que lanzo al mundo. De
momento no tengo ninguna prisa, ya digo, es lo bueno –y lo malo al mismo tiempo,
lo irremediable de cualquier manera en mi caso— de no depender económicamente
de la literatura. Además, tampoco tengo la necesidad de aparecer ante el mundo
como una escritora reconocida, ni mucho menos estar a toda hora en el candelero
mediático. Sé que hay que estar ahí, pero no necesariamente de una forma
permanente ni excesivamente intensa. En ese sentido me conformo con poco. Y a
juzgar por cómo veo a la gente esforzándose a toda hora por sacar la cabeza en
todas partes, creo que es una suerte.
Muchas gracias,
Marian, por tu tiempo, tus palabras y tus fotos personales. Esperamos que esa
nueva novela llegue pronto y no tardes mucho en encontrar por fin todo el
tiempo necesario para escribir a diario.
Y a vosotros,
amigos, gracias por estar otra vez al otro lado de la pantalla, haga frío o
calor. Nosotros, como siempre, seguiremos trabajando duro para no
decepcionaros.
Cristina
Monteoliva